El paso cerrado Mateo y Lucía salieron de Mendoza por el viejo camino de mulas. Llevaban comida, agua y una bolsa con ropa. En Santiago, Ana esperaba a su padre desde hacía dos años. Mateo iba delante con Luna, la única mula. Lucía caminaba detrás y miraba el cielo blanco. —La nieve llega más rápido —dijo Lucía. —Tenemos tiempo —contestó Mateo—. Conozco este camino. El camino subía entre tierra negra y grandes partes de piedra. A la derecha, el agua bajaba con fuerza. A la izquierda, la montaña no dejaba espacio. Luna paró frente al agua y movió la cabeza. —No quiere pasar —dijo Lucía. —Es una mula, no un capitán. Mateo entró primero. El agua le llegó casi hasta las piernas, y Luna lo siguió. En medio, una piedra se movió bajo sus pies. Mateo cayó sobre una mano, pero no dejó la bolsa. Lucía tomó a Luna y la llevó hasta el otro lado. —Dame la bolsa —dijo ella. —Puedo llevarla. —Puedes, pero tu mano tiene sangre. Mateo miró la mano y luego miró el camino. Al final, le dio la bolsa. Siguieron hacia el paso. El aire era más frío y la nieve ya cubría partes del camino. Mateo hablaba menos. Cada pocos minutos, miraba atrás. —¿Qué buscas? —preguntó Lucía. —La vuelta. —La vuelta está detrás. —Ya lo sé. Al llegar a la parte más alta, encontraron nieve hasta los pies. Luna avanzaba poco a poco. Lucía iba delante y probaba el suelo antes de cada paso. —No vayas tan rápido —dijo Mateo. —No voy rápido. —Entonces espera. Lucía paró. Mateo tenía la cara blanca, pero no era por el frío. Sus manos estaban sobre el cuello de Luna. —¿Tienes miedo? —preguntó ella. —No. Una gran parte de nieve cayó detrás de ellos. Primero llegó el sonido, como un golpe dentro de la montaña. Después, la nieve cubrió el camino por donde habían venido. Luna quiso correr, pero Mateo la tomó fuerte. —No podemos volver —dijo Lucía. Mateo no contestó. Miró la nieve alta, y después miró hacia Santiago. Delante estaba la bajada, larga y casi blanca. —Yo quería llevarte —dijo él. —Somos dos. No tienes que llevarme. —Ana cree que su padre puede hacer cualquier cosa. —Ana quiere que llegues vivo. Mateo abrió la bolsa. Sacó una carta y la guardó dentro de su ropa. Luego puso la comida sobre Luna y cerró bien la bolsa. —Tú conoces mejor la nieve —dijo. Lucía tomó la bolsa y empezó la bajada. Mateo fue detrás con Luna. Cuando el camino desaparecía, Lucía buscaba tierra oscura bajo la nieve. La tarde llegó antes que ellos a la casa vieja del guardia. La puerta estaba dura, pero Mateo pudo abrirla con el cuerpo. Dentro no había luz, aunque estaban fuera del aire frío. Lucía dejó la bolsa en el suelo. —Mañana seguimos hacia Santiago. Mateo escuchó otro golpe lejos, y la nieve cerró el paso por completo. —Mañana tú vas delante —dijo Mateo, mientras cerraba la puerta.