El rostro de la mañana Mateo abrió el horno antes de que la calle recibiera la primera luz. El calor le cubrió los brazos, y el olor de la masa dulce llenó la panadería. Detrás de él, Inés colocaba canastas sobre una mesa de madera marcada por años de cuchillos. Cada mañana trabajaban casi sin hablar, porque primero escuchaban lo que el horno tenía que decir. El pan siempre salía con la forma de algo que Mateo había soñado la noche anterior. Una vez salieron cuarenta peces pequeños, aunque Mateo nunca había visto el mar. Otra mañana aparecieron llaves, y Luz compró siete porque acababa de perder la de su patio. También habían salido zapatos, tazas, pájaros, una escalera y una cama con cuatro patas perfectas. El sabor no cambiaba, y nadie preguntaba por qué. Aquella mañana, Mateo sacó la primera bandeja y no la puso sobre la mesa. —¿Qué soñaste? —preguntó Inés, mientras limpiaba harina de sus manos. Mateo acercó la bandeja a la lámpara. Sobre ella había doce panes iguales, redondos como platos y con un rostro de mujer. Los ojos estaban cerrados, la nariz era ancha y el cabello caía sobre una frente tranquila. Hasta las cejas tenían pequeños pelos de masa tostada. —No recuerdo —dijo Mateo. Inés tomó otro paño y sacó la segunda bandeja. Había doce rostros más, todos iguales al primero. —Claro que recuerdas. Siempre recuerdas algo. —Hoy no. —Ayer dijiste que soñabas con una puerta verde. —Eso fue antes de dormir. Mateo dejó la bandeja con cuidado, como si los panes pudieran despertar. Inés abrió el horno otra vez y encontró más rostros en la última bandeja. Contó treinta y seis mujeres desconocidas, con los ojos cerrados y la boca apenas abierta. —¿La conoces? —preguntó Inés. —No. —Mírala bien. —Ya la miré. Inés levantó un pan y lo puso junto a la cara de Mateo. La mujer parecía joven, pero una línea profunda le cruzaba la frente. Tenía una pequeña señal junto al labio, hecha por una semilla oscura. —No es de la familia —dijo Inés. —No. —Entonces será alguien que viste ayer. Mateo cubrió los panes con un paño blanco. —Ayer solo te vi a ti y a Luz. Inés quiso responder, pero Mateo ya estaba preparando el chocolate. Ella puso las tazas sobre el mostrador con más fuerza de la necesaria. Desde hacía tres semanas, Mateo hablaba de descansar, cerrar unos días y limpiar el horno. Inés esperaba otra frase después de esas palabras, pero la otra frase nunca llegaba. Cuando Luz entró, el sol ya tocaba la ventana. Llevaba un vestido azul y una bolsa de tela vacía. Mateo le sirvió chocolate sin preguntarle, y ella dejó unas monedas junto a la taza. —Huele distinto —dijo Luz. —Huele igual —respondió Mateo. —Entonces ustedes están distintos. Inés retiró el paño. Luz miró los treinta y seis rostros y acercó la cabeza al primero. Después recorrió la mesa lentamente, como si buscara una cara menos desconocida entre todas aquellas caras. —No es de aquí —dijo. —Eso pensamos —contestó Inés. —Puede ser de otra calle. —Mateo no salió ayer. Luz miró al panadero. —¿Y en tu sueño saliste? —No recuerdo el sueño. Luz tomó un rostro entre las manos y apretó la parte de abajo. El pan volvió a su forma sin romperse. —Está bien cocido —dijo—. Dame dos. —¿Dos caras? —preguntó Inés. —Dos panes. No pienso conversar con ellos. Mateo buscó una bolsa, pero se detuvo antes de guardar el primero. —Espera —dijo—. Todavía no quiero venderlos. Luz dejó el pan sobre la mesa. —El pan que no se vende se pone duro. —Solo hasta saber quién es. —¿Y si no viene nunca? Mateo no respondió. Luz bebió la mitad del chocolate, tomó sus monedas y las guardó de nuevo. Antes de salir, señaló la pequeña semilla junto al labio de la mujer. —Si la veo, le diré que su cara está ocupando toda la panadería. La puerta se cerró, y el ruido de la calle volvió a quedar lejos. Inés empezó a mover los panes hacia una repisa. Los colocó de frente, uno junto a otro, hasta formar tres filas de ojos cerrados. —Hoy perderemos toda la venta —dijo Inés. —Mañana podemos hacer pan fresco. —Mañana puedes soñar cuarenta sillas. No vivimos de guardar tus sueños. Mateo apoyó ambas manos sobre el mostrador. Los dedos le temblaron un momento, y luego los escondió bajo el delantal. —Quería hablar contigo después del desayuno. —Llevas tres semanas queriendo hablar conmigo. —El horno necesita una reparación. —Yo puedo llamar a alguien. —No es solo el horno. Inés esperó, pero Mateo miró las filas de rostros en lugar de mirarla a ella. —Dilo completo —pidió Inés. —Mis manos necesitan parar. —¿Cuánto tiempo? —No sé. —¿Una semana, un mes o para siempre? Mateo levantó las manos. Tenía dos dedos hinchados y una quemadura reciente cerca de la muñeca. —No sé —repitió. Inés tomó una canasta y entró en el cuarto donde guardaban la harina. Desde allí, Mateo oyó el golpe de un saco contra el suelo. No fue detrás de ella. Se sentó frente a los panes y esperó a que alguno le recordara el sueño. Al mediodía, el calor de la calle entró por la puerta abierta. Inés había vuelto al mostrador, pero trabajaba de espaldas a Mateo. Ninguno había comido. Los rostros seguían blandos, aunque sus bordes comenzaban a perder el brillo. Entonces una mujer se detuvo frente a la ventana. Llevaba una mochila pequeña, una camisa amarilla y polvo en los zapatos. Miró las tres filas de pan, tocó el vidrio y después se tocó la cara. La semilla junto al labio del primer rostro quedó exactamente frente a una señal oscura en su piel. La mujer entró sin apartar la vista de la repisa. —Buenos días —dijo. —Ya casi son tardes —respondió Inés. —Entonces llegué tarde. Mateo se levantó con dificultad. La mujer tenía los mismos ojos, la misma nariz y la misma línea en la frente. Su cabello era más corto que el cabello de masa, pero caía hacia el mismo lado. —¿Cómo te llamas? —preguntó Mateo. —Alma. —¿Nos conocemos? —No que yo sepa. Inés tomó uno de los panes y lo sostuvo junto al rostro de Alma. Alma no se apartó. Solo giró un poco la cabeza para que la luz cayera igual sobre ambas caras. —Se parece bastante —dijo Alma. —Es tu cara —afirmó Inés. —Mi nariz no es tan grande. —La masa crece. Alma soltó una risa breve, pero Mateo siguió serio. —¿Estuviste aquí ayer? —preguntó él. —Llegué anoche a Oaxaca. —¿Pasaste frente a esta ventana? —No. Encontré la panadería esta mañana porque olí el pan desde la esquina. Mateo volvió a mirar el rostro que Inés sostenía. Después cerró los ojos unos segundos, como quien busca una palabra en una habitación oscura. —¿Quieres comprarlo? —preguntó. Alma abrió su mochila y contó unas pocas monedas. —Quería preguntar si necesitan ayuda. Sé preparar masa, limpiar hornos y atender un mostrador. También puedo comprar un pan, pero tendrá que ser uno pequeño. Inés dejó el rostro sobre la mesa. —No necesitamos ayuda. —Sí necesitamos —dijo Mateo. —Hace una hora querías cerrar. —Quiero dejar de levantar sacos y sacar bandejas. No quiero cerrar la panadería. —No dijiste eso. —No me dejaste terminar. —Tuviste tres semanas. Alma comenzó a guardar sus monedas. —Puedo volver otro día. —Espera —dijo Mateo. Él fue hasta el cajón del mostrador y sacó una llave de hierro. La dejó frente a Inés, junto a una cara de pan. —La llave del horno es para quien abre por la mañana —dijo Mateo—. Yo pensaba dártela después de repararlo. Inés no tocó la llave. —¿Y ella? —Tú no puedes cargar sola los sacos, preparar todo y atender la puerta. —Todavía no sabes si trabaja bien. —Por eso puede empezar hoy. Alma miró el horno, luego los panes y finalmente a Inés. —Puedo irme si esto es un mal momento. —Es un mal momento —dijo Inés—, pero el pan no espera momentos buenos. Mateo puso una tabla limpia sobre la mesa. Alma se lavó las manos y comenzó a ordenar los rostros. Sus movimientos eran rápidos, aunque trataba cada pan con cuidado. Inés observó cómo colocaba aparte los que tenían la base demasiado oscura. —Esos se venden primero —dijo Inés. —Pensé que los guardarían hasta conocerme. —Ya te conocemos un poco. Mateo cortó uno de los rostros por la mitad. Por dentro era un pan común, claro y caliente, sin ojos ni boca. Repartió los dos pedazos, uno para Inés y otro para Alma, y él comió una parte que se había soltado. —Le falta sal —dijo Alma. Mateo alzó las cejas. —Tiene la misma sal de siempre. Alma probó otra vez. —Entonces mañana necesitará un poco más. Inés miró a Mateo, esperando que discutiera, pero él empujó hacia Alma el recipiente de sal. Luego tomó su abrigo del gancho y dejó el delantal sobre una silla. —Voy a buscar a quien repare el horno —dijo. —Llévate dos panes —respondió Inés—. Luz querrá saber que encontramos la cara. Mateo guardó dos rostros en una bolsa y salió. Inés esperó hasta que sus pasos se perdieron en la calle. Entonces tomó la llave, abrió el armario de los delantales y lanzó uno limpio hacia Alma. —Mañana llegas antes de que el horno empiece a soñar —dijo Inés.