Cuando Baltasar dejó el horno municipal, después de cuarenta y siete años fundiendo campanas, reparando rejas y encendiendo las calderas públicas, juró que no volvería a trabajar con fuego. Sin embargo, seis meses más tarde alquiló un local estrecho en una calle de Segovia, pintó la puerta de verde y colgó un letrero que decía «La Tetera del Dragón». Aseguraba que preparar té no era trabajar con fuego, sino conversar con el agua, aunque Inés, contratada para llevar las cuentas y atender las mesas, consideraba que aquella diferencia era sobre todo gramatical. La mañana de la apertura, Baltasar colocó sobre el mostrador doce latas, tres teteras de barro, una balanza de cobre y el termómetro nuevo que había comprado sin pedir consejo. El dragón llevaba un delantal de lino sujeto bajo las alas, y había pulido sus escamas oscuras hasta que cada una devolvía una pequeña imagen torcida del local. Inés abrió las ventanas, alineó las tazas y leyó por tercera vez la tarjeta donde Baltasar había escrito las temperaturas adecuadas para cada té. —El té negro admite agua muy caliente, pero el verde necesita cierta moderación —dijo Inés—. La moderación es la palabra importante. —He trabajado con metales que se volvían líquidos mientras tú todavía aprendías a sumar —respondió Baltasar, inclinándose sobre la primera tetera—. Puedo calentar dos litros de agua. Inés miró el techo, que acababan de pintar, y retiró de la mesa un florero por simple prudencia. Baltasar tomó aire con la solemnidad de quien se dispone a tocar una trompeta en un acto público, cerró un ojo y dejó salir una llama breve. La llama fue, en efecto, breve, pero también azul, compacta y capaz de poner al rojo una barra de hierro antes de que nadie terminara una frase. El agua desapareció con un golpe seco, la tapa saltó hasta una repisa y el termómetro atravesó la cocina como una flecha torpe. Baltasar cerró la boca, mientras una nube de vapor envolvía sus cuernos y dejaba gotas brillantes en las lámparas. —Ha sido una primera prueba —dijo Baltasar. —Ha sido la última prueba con esa tetera —contestó Inés, recogiendo del suelo un asa negra. Llegaron los primeros clientes antes de que el vapor abandonara las ventanas, y Baltasar insistió en servirles, pues había anunciado la apertura durante semanas. Consiguió preparar un té negro que olía bien, aunque estaba tan caliente que nadie pudo beberlo durante media hora, y un té verde cuyo sabor recordaba a verduras castigadas. Inés ofreció pequeños bizcochos para compensar la espera, pero los clientes salieron mirando de reojo la mancha que el termómetro roto había dejado en la pared. Al mediodía entró Clara con una moneda apretada en la mano y pidió una taza de té con miel para llevar a su abuela. Baltasar eligió una taza azul, añadió una cucharada generosa de miel y produjo una llama tan pequeña que apenas se vio entre sus dientes. El agua, no obstante, empezó a hervir antes de tocar el fondo de la tetera, como si hubiera comprendido demasiado pronto cuál era su obligación. —No importa —dijo Clara, observando las burbujas—. Mi abuela siempre espera a que se enfríe todo. Baltasar dejó la taza sobre el mostrador, pero no aceptó la moneda, y Clara se marchó con ambas manos alrededor del recipiente. Después, el dragón dio la vuelta al letrero de la puerta, ocultó la palabra «abierto» y se quedó inmóvil frente a las doce latas. —Puedes decirlo —murmuró Baltasar. —No quiero decirlo —respondió Inés—. Quiero arreglarlo. —Mi fuego no se arregla. —Entonces arreglaremos todo lo que está alrededor de tu fuego. Aquella tarde visitaron a Tomás, que reparaba relojes, estufas y cualquier mecanismo cuyos dueños hubieran perdido la paciencia antes que la esperanza. Su taller olía a aceite, madera vieja y café, y en las paredes había tantas ruedas dentadas que hasta las sombras parecían formar parte de una máquina. Tomás escuchó el relato sin interrumpir, examinó el termómetro roto y pidió que Baltasar encendiera una pequeña lámpara de prueba situada sobre una mesa de piedra. —¿Qué entiendes por pequeña? —preguntó Baltasar. —Una llama que no me obligue a buscar otro taller. Baltasar apoyó las garras en el suelo, contuvo la respiración y soltó una lengua de fuego delgada, casi delicada, que fundió la lámpara y abrió una grieta en la mesa. Tomás observó el metal derretido, se quitó los anteojos y limpió los cristales con una esquina de su camisa. —Tu problema no es la falta de control —dijo Tomás—. Tu problema es que intentas calentar el agua de manera directa. —El fuego siempre calienta de manera directa —replicó Baltasar, con el tono que había usado durante décadas para corregir aprendices. —El sol no entra en tu sopa, y aun así la sopa se calienta si la dejas junto a una ventana. Tomás dibujó en un papel una caja de ladrillo con tres estantes, un depósito de arena y una puerta de hierro. El fuego de Baltasar calentaría los ladrillos una sola vez cada mañana, mientras las teteras recibirían después un calor más lento, según la altura del estante. Inés añadió marcas para distinguir el té negro, el verde y las mezclas con flores, pero Baltasar examinó el dibujo con la expresión cerrada de quien encuentra una ofensa dentro de una solución. —Me estás proponiendo que caliente una pared —dijo Baltasar. —Te propongo que la pared tenga más tacto que tú —contestó Tomás. Baltasar recogió el termómetro roto y salió del taller sin despedirse, de modo que Inés tuvo que correr para alcanzarlo en la plaza. Encontró al dragón junto a la fuente, mirando cómo una mujer llenaba una botella sin quemarse las manos ni destruir el recipiente. —Tomás no trabajó en el horno municipal —dijo Baltasar—. No sabe lo que exige un fuego estable. —Tomás sabe reparar cosas, y nosotros tenemos una cosa rota. —Tenemos un termómetro roto. —Tenemos también tu orgullo, aunque no sé si guarda piezas de repuesto. Baltasar hundió las garras entre las piedras de la plaza, pero no respondió, y una paloma aprovechó su silencio para posarse sobre uno de sus cuernos. Al cabo de un momento, el dragón tomó el plano que Inés todavía llevaba en la mano y estudió la distancia entre los estantes. —La arena debe ser más profunda —dijo—. Si no, perderá el calor antes del final de la tarde. Durante dos días, los tres trabajaron en la cocina de la tienda, donde el espacio parecía reducirse con cada ladrillo que entraba. Tomás construyó la caja y reparó la válvula de una vieja caldera; Inés anotó tiempos y temperaturas; Baltasar corrigió el conducto de aire sin admitir que el plano original era bueno. Hubo discusiones sobre el grosor de la puerta, sobre la posición de las teteras y sobre una grieta que Tomás llamaba mínima, pero que Baltasar consideraba una falta de respeto hacia la albañilería. La segunda apertura ocurrió un viernes de lluvia, sin nuevo anuncio y con el letrero todavía un poco torcido. Baltasar llegó antes que Inés, encendió la caja de ladrillo con una sola llamarada y esperó mientras el calor se repartía por la arena. Cuando Inés entró, encontró tres teteras sobre tres estantes y al dragón sentado frente a ellas, vigilando el termómetro reparado con una atención casi feroz. Clara fue la primera en empujar la puerta, sacudiendo las gotas de su abrigo, y puso dos monedas sobre el mostrador. Esta vez pidió té verde para ella y té negro con miel para su abuela, que seguía esperando a que se enfriaran todas las cosas. Baltasar calentó cada tetera en su estante, midió las hojas y dejó correr el agua con una lentitud que antes habría juzgado inútil. Inés sirvió el té verde en una taza blanca, y Clara bebió un sorbo sin quemarse, sin esperar y sin mirar con miedo hacia el techo. —Está bueno —dijo Clara—. No sabe a verduras castigadas. Tomás, que fingía ajustar la puerta mientras esperaba su propia taza, soltó una risa y recibió una mirada severa de Baltasar. Pronto entraron más clientes, atraídos por el olor del té, por la lluvia o por el deseo de comprobar si el dragón había dejado de lanzar tapas contra las paredes. La caja mantuvo el calor, las teteras permanecieron enteras y la grieta mínima no creció, aunque Baltasar la revisó después de cada pedido. Al caer la tarde, Inés sumó las monedas, Tomás guardó sus herramientas y Clara regresó con la taza azul ya vacía. Baltasar lavó la taza, la secó con una esquina del delantal y la colocó en el estante más bajo, donde el calor de los ladrillos todavía era suave. —Mañana pondremos más arena —dijo Baltasar, y cerró con cuidado la puerta de hierro.