La luz de reserva La última tarde de octubre de 1900, el viento golpeaba las ventanas del faro de Cabo Lousado. Desde la galería, Inés veía el mar cubierto de espuma y el camino casi borrado por la lluvia. Las casas de Porto de Brétema parecían piedras oscuras al otro lado de la bahía. Dentro de la torre olía a metal nuevo, lana mojada y aceite viejo. Dos cables subían por la pared hasta la gran lámpara eléctrica, instalada aquella misma semana. Abajo, en el cuarto de máquinas, una dínamo esperaba la llegada de la noche. Manuel apretaba una pieza de cobre mientras Tomás sostenía una lámpara de mano. Inés limpiaba las gotas de agua que entraban bajo la puerta. —No hace falta secar cada gota —dijo Manuel—. Esta torre lleva cien años mojándose. —Y sigue en pie porque alguien seca las gotas —respondió Inés. Manuel levantó la cabeza, pero Tomás soltó una risa corta. —Mi hija conoce cada piedra —dijo—. También conoce la lámpara mejor que muchos guardianes. —La lámpara vieja —aclaró Manuel. En un rincón descansaba la lámpara de aceite, limpia y apagada. Habían retirado su depósito principal, pero la lente seguía allí, rodeada por sus piezas de bronce. Durante años, Inés había subido con su padre al caer la tarde. Juntos llenaban el depósito, cortaban la parte quemada de la mecha y limpiaban el cristal hasta que no quedaba una sola mancha. Ahora la administración quería una luz blanca, más fuerte y más moderna. Un empleado había enviado desde la ciudad tres cajas, siete páginas de órdenes y una cadena para cerrar el armario del aceite. —A las ocho encenderemos el arco —dijo Manuel—. Si todo funciona, mañana regreso en el correo de la mañana. —Si todo funciona —repitió Tomás. —Funcionará. He probado la dínamo dos veces. Inés dejó el trapo sobre un banco. —La probó sin viento fuerte. —La máquina está dentro de la torre. —Pero el agua no siempre pide permiso para entrar. Manuel guardó la llave inglesa en su caja. —¿Siempre discute así? —Solo cuando cree tener razón —contestó Tomás. —Entonces discute siempre. Inés tomó la cesta de la cena y bajó a la vivienda. En la cocina había caldo de nabos, pan de centeno y cuatro sardinas saladas. Colgó su mantón junto a la lareira y acercó los zuecos al fuego bajo. Sobre la mesa vio un sobre con el sello de la administración. —¿Qué dice esa carta? —preguntó. Tomás bajó detrás de ella y puso otra rama en el fuego. —Nada para esta noche. —Llegó hace tres días. —Y seguirá aquí mañana. Inés tocó el sobre, pero no lo abrió. —Manuel dice que se marchará con el correo. —Eso dice. —También dice que la nueva luz necesita menos trabajo. Tomás cortó el pan con su navaja. —Come antes de que el caldo se enfríe. A las ocho menos cuarto, los tres subieron de nuevo. Tomás llevaba su chaqueta azul de guardián, con los botones recién limpios. Inés se había puesto un vestido oscuro, botas y el mantón grueso. Manuel llevaba un gabán de ciudad que ya tenía sal en las mangas. La lluvia corría por los cristales de la galería. Muy abajo, las olas rompían contra las rocas llamadas Os Dentes. En noches claras, los pescadores podían ver aquellas rocas desde lejos. Aquella noche no se veía ni la entrada de la bahía. Manuel abrió la corriente. La dínamo empezó a girar con un ruido grave, y los cables temblaron. Entre las dos varillas de carbón apareció una luz blanca y dura. La lente la tomó y la lanzó sobre el mar en vueltas regulares. Tomás sacó su reloj del bolsillo. —Ocho en punto —dijo. Inés miró el cuarto iluminado como si fuera una cocina desconocida. La luz eléctrica no respiraba como una llama. No olía, no dejaba humo y no necesitaba una mecha. —Ya está —dijo Manuel—. Cabo Lousado ha entrado en el nuevo siglo. —El siglo empieza cuando quiere —dijo Tomás—. El mar no mira el calendario. Cenaron junto a la dínamo porque Manuel no quería dejarla sola. El caldo llegó tibio en una olla, y comieron con cucharas de madera. Cada pocos minutos, Tomás anotaba en el libro la fuerza de la luz y el estado del tiempo. A las diez, alguien golpeó la puerta exterior. Inés bajó con una lámpara de mano. Al abrir, encontró a Roi empapado, con una gorra de lana pegada a la frente. —Mi hermano salió al amanecer —dijo Roi—. Xoán y otro hombre fueron a recoger las redes del norte. —¿No han vuelto? —preguntó Inés. —Los demás entraron antes de la tormenta. Ellos no. Tomás apareció en la escalera. —La luz funciona bien —dijo—. Si están al norte, la verán al buscar la bahía. Roi miró hacia arriba, donde la claridad daba vueltas tras los cristales. —Es demasiado blanca. —Blanca o amarilla, señala las mismas rocas —dijo Manuel desde el descanso. —Xoán conoce la amarilla. Tomás puso una mano sobre el hombro de Roi. —Vuelve al puerto. Si llegan, necesitaremos gente para tomar los cabos. Roi quiso responder, pero un trueno cubrió su voz. Luego se ajustó la gorra y corrió de nuevo bajo la lluvia. Poco antes de las once, el ruido de la dínamo cambió. Primero fue un golpe ligero, casi igual al sonido de una cuchara contra una olla. Después llegó un chillido de metal. Manuel dejó caer su taza. —Cierre la corriente —ordenó. Tomás movió la palanca. La luz blanca desapareció y la torre quedó a oscuras. Inés encendió su lámpara de mano mientras Manuel abría la cubierta de la máquina. —La correa se ha salido —dijo Tomás. —No la toque. —He arreglado correas desde antes de que usted tuviera barba. Tomás acercó la mano, pero la rueda aún giraba. El borde le abrió la palma y dejó una línea de sangre. —¡Padre! —No es nada. Inés envolvió la mano con un pañuelo. Manuel examinó la correa y luego miró el agua que bajaba por la pared. —El soporte se ha movido —dijo—. Necesito parar y levantar la dínamo. —¿Cuánto tiempo? —preguntó Inés. —Una hora, quizá dos. —Hay una barca fuera. —Lo sé. Tomás apretó el pañuelo con la mano sana. —Encenderemos la lámpara de aceite. Manuel negó con la cabeza. —El depósito ya no está conectado. La orden era dejarla fuera de servicio. —La orden no está en el mar —dijo Inés. Corrió escaleras abajo. En la cocina apartó el banco, levantó una tabla suelta y sacó un pequeño depósito de latón. También había una botella oscura, llena de aceite hasta el cuello. Cuando regresó, Manuel la miró sin hablar. —La administración mandó vaciar todo el aceite —dijo al fin. —Mandó vaciar el armario —respondió Inés—. Este aceite no estaba en el armario. Tomás la observó con la cara quieta. —¿Cuándo lo escondiste? —Cuando llegó la cadena. —Podrían descontarlo de mi paga. —Son dos pesetas de aceite. —Y una orden desobedecida. Otro golpe de mar hizo temblar los cristales. Inés puso el depósito sobre la mesa de trabajo. —Puede castigarme mañana. Tomás miró la oscuridad detrás de la lente. —Primero corta la mecha. Trabajaron deprisa, pero no corrieron. Inés colocó el depósito, pasó la mecha por la pieza de metal y limpió el tubo. Tomás, con una sola mano, revisó la entrada de aire. Manuel sostenía la lámpara pequeña y seguía cada movimiento. —La mecha está demasiado alta —dijo él. —Todavía no —contestó Inés—. Bajará cuando tome el aceite. Esperaron unos segundos. Inés tocó la mecha con una cerilla, y una llama azul apareció en el borde. Luego creció amarilla, firme y clara. —Ahora sí —dijo Tomás. Inés ajustó la mecha hasta que dejó de producir humo. Después puso en marcha, a mano, el mecanismo que hacía girar la lente. La luz antigua salió sobre el mar, más débil que la eléctrica, pero viva. —Hay que dar cuerda al mecanismo cada media hora —dijo Inés. —Yo arreglaré la dínamo —respondió Manuel. —Usted necesitará las dos manos. —Y tú necesitarás descansar. —No esta noche. Durante dos horas, Manuel trabajó abajo con tornillos, cuñas y una barra de hierro. Tomás mantenía la mano levantada y vigilaba el reloj. Inés daba cuerda al mecanismo, limpiaba el cristal y miraba la oscuridad entre cada vuelta de la luz. A la una y veinte vio algo blanco junto a Os Dentes. —¡Una vela! —gritó. Tomás tomó los gemelos. —No es una vela. Es espuma. La luz volvió a pasar. Esta vez apareció una forma negra, baja y pequeña. —Ahí —dijo Inés—. Más cerca de la roca grande. Tomás ajustó los gemelos con la mano sana. —Es una barca. Está entrando demasiado al oeste. Inés abrió una ventana de la galería y el viento casi le arrancó el mantón. Tomó la campana de niebla y tiró de la cuerda tres veces. Esperó, contó despacio y volvió a tirar tres veces. Desde el mar llegó un sonido débil. —Han respondido —dijo. —Otra vez —ordenó Tomás. Inés hizo sonar la campana hasta que le ardieron los brazos. La barca cambió poco a poco su dirección. Durante unos minutos desapareció detrás de la lluvia, pero regresó dentro del paso seguro. Abajo, la dínamo empezó a girar otra vez. —¡Puedo encender! —gritó Manuel. Tomás miró la barca y luego la llama amarilla. —Todavía no. —La máquina ya está lista. —Todavía no —repitió Inés. Manuel subió, cubierto de grasa. Vio la barca avanzar hacia las luces del puerto y dejó la mano sobre la palanca sin moverla. A las tres, Roi regresó con Xoán. Los dos traían las caras mojadas y las manos rojas por el frío. Xoán dejó sobre la mesa una cuerda rota. —Perdimos el mástil pequeño —dijo—. No veíamos nada hasta que salió la luz amarilla. Manuel bajó la vista hacia sus botas. —La eléctrica falló por el agua. —Pues cierre mejor la puerta —respondió Xoán. Roi tomó la botella de aguardiente que Tomás guardaba para las noches peores. Sirvió un poco en cinco tazas y alzó la suya hacia Inés. —Tu campana sonaba como una olla cayendo por una escalera. —Pero la oíste. —La oyó media costa. Cuando los hermanos se marcharon, Manuel encendió por fin la luz eléctrica. Durante un momento, la luz blanca y la amarilla cruzaron juntas la habitación. Después Inés bajó la mecha y apagó la lámpara de aceite. Tomás sacó de su chaqueta el sobre de la administración y se lo dio a Inés. La carta decía que su puesto terminaría en diciembre y que Manuel cuidaría la nueva máquina. —Iba a decírtelo mañana —dijo Tomás. Inés dobló la carta por la misma marca. Manuel cerró su caja de herramientas. —Yo no conozco estas aguas —dijo—. La máquina tampoco. —Las aprenderá —respondió Tomás. —Necesitaré a alguien que me enseñe dónde mirar. Inés colocó el depósito de aceite en el armario, dejó la cadena abierta y se sentó ante el libro del faro. Mojó la pluma y escribió: «A las once menos cinco falló la luz eléctrica, y la lámpara de aceite quedó encendida hasta que la barca entró en puerto».