La verbena azul Ana dejó el séptimo libro sobre el mostrador de la pequeña biblioteca de Valparaíso. Entre las páginas había otra verbena seca, igual a las seis anteriores. Todas tenían cinco pétalos pálidos y una mancha de tinta azul. —Ya no puede ser casualidad —dijo Ana. Julián levantó la vista desde su escritorio. —Alguien juega con nosotros. —Los libros son de personas distintas. También tratan temas distintos. —Entonces alguien abre el buzón de devoluciones durante la noche. Ana miró la ventana, cubierta de gotas. Los libros del buzón habían llegado húmedos por fuera, pero las verbenas estaban secas. Además, cada flor aparecía junto a la hoja donde la biblioteca ponía la fecha de devolución. —La persona no abre el buzón —dijo Ana—. La persona está aquí dentro. Julián tomó la flor y la acercó a la lámpara. —Eso nos incluye a los dos. —Sí. La puerta se abrió y entró Camila con un libro bajo el abrigo. Era una joven que visitaba la biblioteca cada semana. —Vengo a devolverlo en persona —dijo Camila—. No quiero que aparezca otra flor misteriosa. Ana recibió el libro y lo abrió desde la primera página hasta la última. No había ninguna verbena. —Está limpio —dijo Ana. —Qué pena —respondió Julián—. La historia de las flores estaba atrayendo visitantes. Camila dejó el libro en el carrito y fue a buscar una revista. Julián se acercó al carrito mientras Ana limpiaba el agua del suelo. Ana vio su movimiento reflejado en la ventana oscura. Julián abrió un cajón, sacó algo pequeño y tocó el libro de Camila. —Ahora sí —dijo Ana. Julián retiró la mano, pero ya era tarde. Ana abrió el libro y encontró una verbena junto a la hoja de la fecha. Sobre un pétalo había un rectángulo azul. —La mancha viene del sello —dijo Ana—. Por eso todas las flores tienen la misma marca. Camila regresó con la revista. —¿Julián ponía las flores? —Las ponía después de registrar cada devolución —contestó Ana. Julián se sentó y cerró el cajón. Dentro había varias verbenas prensadas entre dos tablas. —La oficina central quiere reducir nuestro dinero —dijo él—. Necesitábamos más visitantes. —¿Y pensabas conseguirlos con un misterio? Julián sacó una hoja doblada de debajo del escritorio. En ella había un anuncio con grandes letras azules: «El misterio de las flores de la biblioteca». —La gente ya preguntaba por las flores —dijo Julián—. Mañana iba a colgar esto en la entrada. Ana comparó la tinta del anuncio con las manchas de los pétalos. Era el mismo azul. —Podías haberme hablado del dinero —dijo Ana. —Podías haber dicho que no. Camila dejó la revista sobre el mostrador. —Ahora tendrán que encontrar otra idea. Julián rompió el anuncio por la mitad. Ana sacó las flores de los siete libros y guardó una sola verbena en el cajón. —Mañana abrimos a las nueve —dijo Ana.