La última copa En un apartamento de Buenos Aires, la familia termina una cena larga. Marta deja su cuchillo sobre la mesa y mira los platos sucios. —Yo hice la comida, así que hoy no voy a lavar —dice Marta. Diego toma agua y responde sin mirar a su esposa. —Yo compré la comida y llevé todas las bolsas hasta casa. —El dinero no lava platos —dice Marta, mientras junta dos platos. Lucía baja la cabeza y mueve la comida que queda en el suyo. —Yo tengo que estudiar para una prueba muy importante —dice la hija. Tomás abre mucho los ojos, como si acabara de recordar algo terrible. —Yo también tengo una prueba, pero la mía es más difícil. —Tienes nueve años —dice Lucía—, y tu prueba es sobre colores. —Los colores pueden ser muy difíciles —responde Tomás con voz seria. La abuela Inés se levanta, toma dos platos y entra en la cocina. Nadie la mira, porque Diego ya está haciendo una nueva propuesta. —Podemos contar cuántas cosas usó cada persona —dice Diego—, y quien usó menos gana. Marta señala la mesa con el cuchillo. —Tú usaste dos platos, una copa y tres cosas que no necesitabas. —La segunda copa era para probar el vino —explica Diego. —Probaste el mismo vino dos veces —dice Marta. Inés vuelve, toma otros tres platos y los lleva a la cocina. El agua corre un momento, pero Lucía habla más alto. —Creo que debemos votar —dice Lucía—, porque somos una familia moderna. —Perfecto —responde Diego—, yo voto por Tomás. —Yo voto por papá —dice Tomás—, porque tiene manos grandes. —Yo voto por Diego —dice Marta. Diego levanta una mano y pide orden, como si estuviera en una reunión. —Eso no es justo, porque ustedes viven contra mí. —Nosotros vivimos contigo —dice Lucía—, que no es exactamente lo mismo. Inés lleva la olla a la cocina y regresa por las copas. Tomás propone un juego con números, pero cambia las reglas cuando pierde. —El número más alto lava —dice Tomás después de elegir el ocho. —Yo elijo nueve —dice Lucía. —Entonces el número más bajo lava —dice Tomás enseguida. Marta cierra los ojos, y Diego busca papel para hacer una lista. En la cocina, Inés pone la olla limpia en su lugar. —Necesitamos una solución que sirva cada semana —dice Diego. —Necesitamos que alguien se levante ahora —responde Marta. Los cuatro miran la mesa al mismo tiempo y quedan en silencio. No hay platos sucios, no hay cuchillos y no queda ninguna olla. Inés entra con una copa limpia en cada mano y las guarda con calma. —Abuela, ¿lavaste todo? —pregunta Lucía. Inés mira la única copa que Diego todavía tiene delante. —Casi todo —dice Inés, y espera con la mano abierta.